18 de noviembre de 2011

Mentalmente débil

En el siglo XIX, el clérigo John Todd predicaba: “En lo que se refiere a preparar a las mujeres para una carrera intelectual larga, como hacemos con los jóvenes, nunca podrá hacerse. Morirán en el proceso”.

Innumerables científicos y educadores del siglo XIX promulgaron la idea de que las mujeres son más débiles intelectualmente. Por ejemplo, el naturalista darviniano George Romanes, autor de Mental differences between men and womwn, manifestó: “No sólo la materia gris, el córtex o el cerebro de la mujer es más superficial que el del hombre, sino que además recibe menos de un suministro proporcional de sangre”. A partir de comentarios como éste, Bram Dijkstra dice que uno sólo podía llegar a la conclusión de que la mujer era “una criatura con el cerebro perpetuamente seco”.

Paul Mobius, patólogo alemán influyente en el siglo XIX, aseguraba que, en comparación con el hombre, la mujer es “por su misma naturaleza mentalmente débil”. Carl Vogt, el craneólogo más conocido y reputado de mediados del XIX, señalaba que, puesto que el cráneo de las mujeres es más pequeño que el de los varones, se podría conjeturar que “las mujeres y los hombres eran dos especies diferentes (…) el cráneo femenino se parecía más al de un niño pequeño y, sobre todo, al de las razas inferiores”. El doctor Vogt, sin duda, combinaba su misoginia con los prejuicios raciales.

Por último, el destacado patólogo londinense Harry Campbell, autor de Differences in the nervous organization of man and woman (1891), opinaba que la naturaleza pasiva de la mujer “la incapacitaba para pensar o actuar de manera natural (…) de hecho, tenía un don versátil para imitar”. Dijkstra dice que, debido a estas opiniones, a mediados del siglo XIX la idea de que las mujeres eran meras imitadoras en vez de creadoras originales “se había convertido en uno de los clichés más consagrados de la cultura occidental”.

A fines del siglo XIX, muchos de los científicos y educadores más respetados declaraban que dar una educación excesiva a una chica podría comprometer seriamente su salud e incluso hacerla estéril. En consecuencia, durante todo aquel siglo, se impedía a las mujeres acceder a ciertos tipos de enseñanza. El acceso al conocimiento era escaso; las experiencias fuera de un ámbito muy circunscrito, casi inexistentes. La idea que definía a las mujeres era algo así: “Ni quisquillosa ni orgullosa, ni diminuta ni alta, sino mullida, sólo mullida, y sin nada de cerebro”. Flor extraída de la obra “Me gustan mullidas”, de sir Alan Patrick Herbert (1891-1971).

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